Durante estas últimas semanas un buen número de transeúntes de la ciudad escocesa de Glasgow se han llevado un buen susto al ver como un autobús amarillo se dirigía directo hacia el río sin variar ni su velocidad y su rumbo. Pensaban que estaba a punto de ser testigos de una desgracia cuando se percataban, boquiabiertos, de que el bus no solo no se hundía en el agua, sino que seguía tranquilamente su camino por el agua.